«Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley.» — Salmo 119:18
Tengo una confesión: durante años, la palabra «doctrina» me generaba la misma emoción que la palabra «impuestos». Algo necesario, supongo. Algo que debería importarme. Pero que en la práctica se sentía como un trámite — frío, lejano, desconectado de la vida real.
¿Te pasa lo mismo?
El rechazo silencioso
El grupo Barna lleva décadas investigando por qué los jóvenes abandonan la iglesia. Entre las razones más citadas: las enseñanzas se sienten «irrelevantes para la vida diaria».
No dicen que las enseñanzas sean falsas. Dicen que no las sienten vivas.
Y no son solo los jóvenes. Cuántos creyentes adultos, serios, comprometidos, escuchan la palabra «doctrina» y piensan en una lista de cosas que hay que memorizar para un examen que nadie quiere tomar.
La Trinidad: ✓ memorizado. La justificación por fe: ✓ puedo recitarlo. La soberanía de Dios: ✓ lo escuché en un sermón.
¿Pero cambió algo en tu vida? ¿Afectó cómo tratas a tu vecino? ¿Transformó cómo enfrentas el sufrimiento? ¿Te ayudó a responder cuando tu hijo de 15 años te preguntó por qué debería creer en Dios?
La doctrina como muro
El problema no es la doctrina. El problema es que nos la presentaron como un muro — una barrera que hay que escalar para ser un «buen cristiano». Un listado de creencias correctas que debes aceptar sin cuestionar.
Desde esa perspectiva, la doctrina se convierte en un instrumento de medición: ¿crees las cosas correctas? Bien, pasas. ¿Tienes dudas? Cuidado.
No es de extrañar que muchos la rechacen. ¿Quién quiere más muros en su vida?
¿Y si fuera una ventana?
Pero hay otra forma de verlo. ¿Qué pasaría si la doctrina no fuera un muro que te encierra, sino una ventana que te abre una vista que no tenías?
Piénsalo así: estás en una habitación oscura. No puedes ver nada. Alguien abre una ventana y entra luz. Esa ventana no te restringe — te permite ver.
¿Y si cada doctrina fuera una ventana diferente hacia el mismo Dios? Una te muestra su grandeza. Otra su cercanía. Otra su justicia. Otra su misericordia. Ninguna te da el cuadro completo, pero cada una te revela algo que las otras no muestran.
No seis muros que encierran. Seis ventanas que iluminan.
El examen que nadie pidió vs. el paisaje que todos necesitan
Hay una diferencia enorme entre estudiar doctrina como quien estudia para un examen y explorar doctrina como quien contempla un paisaje.
El examen pregunta: ¿cuántas personas hay en la Trinidad? Respuesta: tres. Aprobado. Siguiente pregunta.
La ventana pregunta: ¿qué significa para tu vida que Dios sea comunidad en sí mismo — Padre, Hijo y Espíritu viviendo en relación perfecta desde la eternidad? ¿Qué te dice eso sobre para qué fuiste creado? ¿Por qué te sientes incompleto cuando estás aislado?
La misma doctrina. Dos formas radicalmente distintas de acercarse a ella.
La invitación
No te estoy pidiendo que «ames la doctrina». Te estoy invitando a considerar que quizás no la has visto todavía. Que lo que rechazas no es la doctrina sino una versión empobrecida de ella — la versión examen, la versión muro, la versión lista de verificación.
¿Y si hubiera otra versión? Una que te abra ventanas que no sabías que existían.
Profundiza en la Wiki Doctrinal
La idea de las «seis ventanas» no es una metáfora vacía. Hay un marco doctrinal construido exactamente con esa lógica — seis perspectivas distintas para contemplar al mismo Dios:
→ Un mapa para conocer a Dios — Las seis ventanas y la imagen que revelan.
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